Cuando era pequeño quería ser muchas cosas y, al mismo tiempo, no necesitaba ser ninguna. Podía imaginarme de una manera hoy y de otra mañana sin preocuparme demasiado por tener que decidir quién iba a ser para siempre.
Con los años fui creciendo. Llegaron decisiones, responsabilidades, expectativas y caminos que recorrer. Y casi sin darme cuenta, aquello que de pequeño parecía tan sencillo empezó a quedar cada vez más lejos.
Entonces aparecen dos preguntas que no siempre son fáciles de responder:
¿Qué me queda de aquella época?
¿Qué me queda de aquel niño que fui?
Porque puedo pasarme toda una vida esperando para ser y descubrir, un día, que se me ha olvidado ser.
Quizá por eso me gusta observar a los niños. Esos pequeños Maestros que aparecen en mi camino como hijos, nietos, sobrinos o simplemente como niños que tengo cerca. Los miro jugar, imaginar y vivir el momento con una naturalidad que, en ocasiones, funciona como un espejo.
Y cuando me miro en ese espejo recuerdo algo que parecía olvidado: mientras tenga vida, todavía tengo tiempo de ser. De recuperar aquello que alguna vez quise vivir, no necesariamente para convertirme en lo que imaginaba de pequeño, sino para recordar a esa parte de mí que todavía sabe soñar, elegir y sentirse viva.
Gracias, pequeños Maestros.
Gracias, pequeños espejos.
