CUANDO MI NOMBRE DEJÓ DE MOLESTARME

Cuando mi nombre dejó de molestarme

Hace mucho tiempo, cuando alguien me llamaba por mi propio nombre, me enfadaba.

No era una simple preferencia. Me sentaba mal. Era como si aquella palabra provocara dentro de mí un pequeño cortocircuito.

Sin embargo, si me llamaban con cualquier otro apodo, no tenía ningún problema. Al contrario. Me resultaba agradable.

Durante mucho tiempo simplemente reaccioné así.

Hasta que empecé a mirar hacia dentro.

A través de la meditación y de conocerme mejor, fui aprendiendo a observar y escuchar mis propias reacciones.

No solamente lo que sentía, sino también aquello que provocaba lo que estaba sintiendo.

Y un día me di cuenta de algo curioso:

Me molestaba que me llamaran por mi propio nombre.

Entonces apareció una pregunta:

¿Por qué?

Seguí autorreflexionando, dejando la pregunta ahí, sin intentar encontrar nada.

Y la respuesta no llegó aquel día. Ni al siguiente.

Llegó unos días después, mientras caminaba por mi amada Barcelona.

De repente apareció en mi mente algo parecido a una voz que me decía:

«Te enfadas porque cuando eras pequeño te llamaban por tu nombre cuando estaban enfadados contigo.»

Y entonces lo entendí.

Durante mi infancia, mi nombre había adquirido un significado muy concreto.

Cuando hacía las cosas bien, o cuando querían mostrarme afecto o aprobación, aparecían los diminutivos cariñosos.

Pero cuando había hecho algo que, según los demás, estaba mal, aparecía mi nombre al completo: seco, acompañado de malas caras o en forma de grito.

Y de repente comprendí que no estaba reaccionando solamente ante una palabra.

Estaba reaccionando ante todo lo que aquella palabra había llegado a significar para mí.

Mi nombre se había convertido, sin que yo fuera conciente de ello, en una especie de señal de alarma.

Y al comprenderlo, algo cambió.

No tuve que luchar contra aquella reacción.

No tuve que convencerme de que mi nombre era bonito.

Simplemente comprendí de dónde venía aquello y acepté lo que había ocurrido.

Y, poco a poco, mi nombre volvió a ser solamente eso: mi nombre.

Hoy me encanta que me llamen Sebastián.

También me gusta que me llamen Sebas.

Porque ahora puedo escuchar cualquiera de los dos sin que uno de ellos tenga que llevar consigo una historia, mi historia, que ya ha pasado.

Quizás eso también sea crear tu presente.

No cambiar lo que ocurrió. No borrar nuestro pasado.

Sino descubrir aquello que todavía estamos viviendo sin darnos cuenta de que pertenece a otra época.

Porque a veces no reaccionamos ante lo que está sucediendo, sino ante lo que aquello significó para nosotros alguna vez.

Y cuando somos capaces de verlo, quizá aquello que durante tanto tiempo condicionó nuestra manera de relacionarnos con nuestro presente deje, simplemente, de hacerlo.

Hoy, si quieres, me puedes llamar Sebastián.

O, si prefieres, por mi apodo, Sebas.

He aprendido a aceptar cualquiera de los dos, porque con los dos me siento bien.


«Quizá crear tu presente también sea aprender a mirar hacia dentro y descubrir el motivo por el que estás viviendo este momento de esta manera, sin darte cuenta.»


Y ahora, quizá sea tu momento, tu momento de experimentarlo…

Primera reflexión

Tu jardín interior 

Cada quien elige…

Y luego decide…

En cada momento…

Qué semilla utilizar…

Recuerda que eres…

La única persona que cuida…

De tu propio jardín…

Y, a su vez…

De todos los jardines que te rodean…

¿Cómo estás cuidando tu jardín (mente)?

¿Con qué semillas (pensamientos) lo estás sembrando?

¿Con qué agua (sentimientos) estás regando tus semillas?

¿Cuál es el fruto (acción) que nace de esa semilla?

¿Qué le aportas a tu entorno con los frutos de tu jardín?


«Quizá ahora puedas sentir qué brota de ti. Si quieres seguir cuidando tu jardín, las demás reflexiones te esperan…»