Desde pequeño escuché muchas cosas sobre lo que he venido a hacer en esta vida:
Que tengo que dar Amor.
Que tengo que ser feliz.
Que tengo que encontrar mi camino.
Que tengo que cumplir determinados objetivos.
Que tengo que llegar a ciertos lugares para sentir que mi vida tiene sentido.
Y fui creciendo.
Mientras crecía, también fui aprendiendo cómo debía ser una vida correcta según lo que dictaba mi entorno:
Qué tenía que conseguir.
Cómo tenía que comportarme.
Qué se esperaba de mí.
Qué cosas parecían demostrar que lo estaba haciendo bien.
Poco a poco fui construyendo un programa.
Un programa basado en creencias, obligaciones, direcciones y expectativas.
Un programa que, en muchas ocasiones, ni siquiera me había parado a preguntarme si realmente quería seguir.
Cuando algo no sale como estaba previsto dentro de ese programa, aparece el miedo.
Y de él nacen:
La frustración.
La culpa.
La desesperación.
La sensación de estar fallando a los que me rodean.
Hasta que un día apareció una pregunta mucho más sencilla:
¿Y si he olvidado lo principal?
Porque quizá antes de cumplir, demostrar, llegar o conseguir, hay algo mucho más básico:
He venido a vivir.
No únicamente a existir dentro de una programación.
No únicamente a cumplir aquello que alguna vez me dijeron que debía cumplir.
He venido a experimentar mi propia vida:
A sentirme.
A observarme.
A escucharme.
Cuando dejo de preguntarme únicamente qué se espera de mí y comienzo a preguntarme qué quiero experimentar mientras estoy aquí, puedo descubrir qué quiero realmente y decidir, paso a paso, cómo quiero caminar.
Y quizá vivir empiece precisamente ahí:
En habitar ese estado de bienestar…
Que está esperando en mi interior…
A que decida caminar desde él.
