Durante mucho tiempo pensé que reconocer que no sabía algo podía dejarme en mal lugar. Como si no entender, no conocer o necesitar preguntar dijera algo negativo sobre mí.
Hasta que empecé a mirar la ignorancia de otra manera.
Soy ignorante.
Ignorante de muchas cosas que todavía desconozco.
Ignorante de aquello que todavía vivo desde la incomprensión.
Ignorante, incluso, de lo que otra persona quiere decirme cuando interpreto sus palabras únicamente desde lo que yo ya sé.
Y quizá el problema nunca estuvo en no saber, sino en negarme a aceptarlo.
Cuando una palabra no encaja con aquello que conozco, puede aparecer el miedo. Puedo preguntarme qué estará queriendo decir, qué pensará de mí si reconozco que no lo entiendo o por qué tendría que aceptar que quizá no sé algo.
Entonces aparece esa parte traviesa de mi mente, el ego, y me aferro a mi interpretación, protegiendo mi postura y necesitando mantener mi yo intacto, impoluto. Que nadie piense que no sé.
Desde ahí empiezo a crear un estado de pesadez. Una palabra mal entendida puede convertirse en una actitud, una mirada, un silencio y, finalmente, en un conflicto que sigo alimentando para no moverme del lugar en el que estoy.
Pero también puedo hacer algo mucho más sencillo: aceptar que no sé.
No te he entendido. ¿Me lo puedes explicar?
Y entonces la ignorancia, que antes era una barrera, comienza a convertirse en una puerta abierta. De ahí nacen la aceptación, la humildad y la curiosidad, dando entrada a un estado de ligereza en el que puedo preguntar, averiguar y comprender aquello que antes desconocía. Y desde ahí puedo aprender y seguir creciendo.
Porque puede que mi ignorancia no sea aquello que me impide avanzar.
Tal vez, sea precisamente el lugar desde el que puedo seguir creciendo interiormente.
¿Cómo me siento cuando descubro que no sé?
¿Qué hago cuando descubro que no sé?
