Durante mucho tiempo pensé en la libertad como algo que ya tenía. Era libre, sí, pero poco a poco fui descubriendo que tener libertad no significaba necesariamente atreverme a vivirla.
Era libre para decidir.
Libre para sentir.
Libre para ser.
Sin embargo, una cosa era saber que podía elegir y otra muy distinta hacerlo.
Elegir según mi momento.
Según lo que sentía.
Según aquello que realmente quería experimentar.
Ahí aparecía el miedo. Porque tomar las riendas de mi propia vida significaba decidir, y decidir también significaba asumir que cada uno de mis actos podía tener consecuencias.
Entonces, en ocasiones, resultaba más sencillo dejar determinadas decisiones en manos ajenas.
Permitir que otros eligieran.
Seguir caminos ya marcados.
Aceptar direcciones que parecían más seguras que la mía.
No porque hubiera dejado de ser libre, sino porque ejercer mi libertad también significaba responsabilizarme de aquello que hacía con ella.
Y entonces ahí aparece una de las paradojas de la libertad: puedo tener las riendas entre mis manos y, aun así, esperar que alguien me diga hacia dónde caminar. Puedo tener una vida que he venido a experimentar y continuar delegando fuera de mí decisiones que forman parte de mi propio camino.
Hasta que aparece una pregunta:
¿Qué estoy haciendo con mi libertad?
Porque ser libre no significa únicamente poder elegir. También significa atreverme a hacerlo y asumir las consecuencias de mis propias decisiones.
Personas libres…
