La vida es un bello camino por el que puedo caminar de la manera que yo decida. Mientras camino, observo los rosales que hay a cada paso que doy. Veo sus rosas, me acerco a ellas y las experimento: las observo, las huelo, incluso puedo tocarlas y convivo con ellas. Y mientras disfruto de toda esa belleza, sin darme cuenta, comienzo a tocar sus espinas.
Una de esas espinas me hace daño. Entonces, desde ahí puedo seguir caminando, sintiendo el dolor que me ha causado, o puedo detenerme.
Me detengo el tiempo que haga falta, sin prisas. Observo el dolor, siento lo que está provocando en mí y, desde el Amor y desde el entendimiento, comienzo poco a poco a dejar de sentirlo. Y cuando dejo de sentir ese dolor, puedo seguir caminando libre de esa carga.
Entonces miro de nuevo a mi alrededor y recuerdo algo que había olvidado: los rosales siguen ahí, acompañando mi camino. Las rosas siguen ahí, para vivirlas, observarlas, olerlas, tocarlas y disfrutarlas.
Y quizá, cuando vuelva a encontrarme con una espina, pueda preguntarme cómo quiero acercarme a ella esta vez. Porque aquello que aprendí la primera vez que la toqué puede ayudarme, ahora, a elegir cómo acercarme a ella de otra manera.